Conferencia Quito 2010

Conferencia Quito 2010
Participantes de Quito 2010

viernes, 27 de agosto de 2010

Ana Sofía

Comenzare mencionando un hecho pequeño que el Señor me permitió experimentar el semestre pasado, meses antes de la conferencia. Estando en una de las asambleas sectoriales, gozando de la presencia de Dios, de su amor, vinieron a mi mente todas aquellas personas que a diferencia de mi sufren por no conocer el amor que tiene Dios por cada uno de ellos, todas aquellas personas tristes, afligidas, esclavas de sí mismas, perdidas en la oscuridad, sin ninguna luz ni esperanza. Sentí un gran deseo de salir de ahí, encontrarlas, decirles que Dios las ama infinitamente y que no deben sufrir más. Y entonces escuchaba al frente de la asamblea que nos pedían que entregáramos todo al Señor, nuestro cansancio, nuestros problemas, nuestras dudas, nuestro pecado. Yo le decía al Señor: reconozco mi pobreza, mi pequeñez, toda mi miseria, pero estoy cansada de verla, de ver siempre mis problemas, mis dudas, entregarlas cada día a ti, abandonándome, pero esperando el día en que se resuelvan. Pensaba que si me pusiera a amar a toda esa gente sedienta del amor de Dios, dejaría de pensar en mis cosas, y entonces seria libre y plenamente feliz, y así sin darme cuenta Dios me transformaría hasta volver a él.

Se en lo más profundo de mi corazón, que el Señor será quien ame en mi, su poder lo hará, yo no suelo ser así, dejar de pensar en mi para pensar en los que me rodean, no es mi cualidad, pero si la de Jesucristo; en mi pequeñez él se mostrará grande. Si es Cristo quien lo hará, no necesito quedarme sentada viendo como él me transforma, su amor debe ser proclamado.

No quiero que el mundo voltee a ver a Dios porque ven como él me bendice, teniendo una hermosa familia, una linda casa, el trabajo perfecto, quiero que el mundo voltee a ver a Dios porque a través de mi han podido experimentar a Dios mismo amándoles. Tenía la certeza de que Dios quería algo de nosotros, tener unidad de mente junto con él, pero no alcanzaba a entenderlo, y fue con ese deseo de descubrir ese plan de Dios que fui a Quito.

Llegando allá fue maravilloso ver a Dios amándonos de formas increíbles a través de las comunidades, nos amaron tanto, que era para pedirle a Dios, que ojala estuviera ahí todo el mundo y al ver cómo nos amábamos creyeran sin ninguna duda que Dios sigue más que vivo en este mundo.

Estando ya en Quito fue increíble ver a tantos jóvenes ahí, no conocía sus vidas, pero estaba segura que habían hecho miles de cosas y dejado otras miles para estar ahí. Pero dentro de todos había una certeza, una convicción firme de estar en el lugar correcto y gran deseo de escuchar a Dios y conocer su plan para cada uno.

Dios se manifestó grande desde el principio, pues así de grande es su amor. Se derramaba al extremo en cada momento, en cada segundo, pues así es él, en ningún momento se quedo con nada, siempre esperando una pequeña señal para entrar con poder en nosotros, abrirnos los ojos e invitarnos a formar parte de esta batalla en nombre del amor, una batalla que busca conquistar los corazones humanos para hacer que en ellos reine solo el amor de Dios.

Dios me invitaba a cruzar la puerta, renunciar a lo que se me ha dado por derecho: mi vida, y dejar que sea Cristo quien viva, quien ame, quien libere y sane los corazones afligidos: ‘’Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará.´´ (Lc 9:23-24);  no poner como lo primero mi santidad, deseos, anhelos,  sino la construcción del Reino de Dios:"Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura" (Mt. 6, 33). Poner todo mi esfuerzo y energía en ver el amor de Dios brillando en los corazones de todos los hombres. Estar dispuesta a ser mártir de este nuevo milenio, testigo de Cristo que proclama su divinidad, si es necesario con la vida misma. Dios reconoce que soy solo polvo, y promete darme todos los recursos, la gracia, la fortaleza para enfrentar los miedos, y sobre todas las cosas su corazón, ese mismo corazón que le permitió amar al extremo y dar por entero su vida por la salvación de todos. Fue su amor infinito por nosotros lo que le dio la victoria. El nos necesita a sus pies, orando en todo momento, para entonces conocer ese amor que tiene Cristo por el hombre, tener sed de almas como él tiene sed, entrar en la batalla, y poder dar nuestra vida por la construcción de este baluarte.

Dios confirmo mi llamado, amar a Jesús y dejarme amar. Permanecer con espíritu firme al pie de su cruz, tomar su amor que no deja de derramarse, su sangre bendita, capaz de purificar las almas de los pecadores, y darles a ellos de beber. Ser consuelo donde hay dolor, esperanza donde hay solo oscuridad, ver a Cristo reinando en los corazones de todos los hombres.
Ana Sofía de la Garza Reyes.

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